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La desgracia indefectiblemente tiene rostro y nombre de mujer

La desgracia indefectiblemente tiene rostro y nombre de mujer

Por Susana Ávila

Han pasado ya 105 años del terrible incendio que acabó con la vida de 146 costureras de la Fábrica de Camisas Triangle, en pleno corazón de Manhattan.

Todas ellas murieron carbonizadas. La única puerta que existía estaba cerrada y no pudieron zafarse de las llamas. Será una incógnita para siempre si el incendio fue accidental o provocado en represalia por la huelga declarada semanas antes en la que estas mujeres exigían poner fin a una jornada laboral abusiva y a unas condiciones laborales de extrema precariedad.

Sea como fuere, su lucha está hoy más vigente que nunca y su muerte fue el detonante de lo que un siglo después celebramos como el Día de la Mujer Trabajadora, aunque la ONU lo rebautizara en el año 1975 como Día Internacional de la Mujer y dos años más tarde proclamara definitivamente el 8 de marzo como Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional.

Aquel 25 de marzo de 1911 murieron 146 mujeres y los responsables de la fábrica  –incluido los dueños-, fueron declarados inocentes. Una vez más.

Desde entonces, año tras año, desgracias como la de la fábrica Triangle se suceden ante nuestros ojos en la India o en China, en fábricas de ropa que trabajan para multinacionales de la moda que fabrican sus productos en el tercer mundo: American Eagle Outfitters, Gap Wal-Mart Stores o Zara de Inditex o Mango, son solo algunas de ellas.

En Asia, la muerte y la esclavitud acechan todos los días a estas mujeres en fábricas textiles y no nos damos por enterados ni de su sufrimiento ni de la miseria en la que viven.  ¿Qué pensaría hoy Clara Zetkin o Rosa de Luxemburgo de lo que estamos viviendo? ¿En qué quedó su tesón e infatigable lucha por los derechos sociales, laborales y políticos de las mujeres? La respuesta es: se quedaron en nuestro Primer Mundo.

La desgracia de aquel 25 de mayo de 1911 levantó una ola de protestas de trabajadores y civiles que traspasó toda frontera en contra de la explotación de las trabajadoras. Hoy, las desgracias ocurren lejos de nuestros acomodados sofás de casa y a penas ocupan un par de minutos en el telediario. El recuento de muertos en las fábricas asiáticas nos aburre y cambiamos de canal: 120 personas calcinadas en una fábrica textil de nueve plantas situada en las afueras de Dacca, la capital de Bangladesh(2012), 1.138 muertos, más de 2.000 heridos en el derrumbe del edificio Rana Plaza, en Bangladesh, (2013), los trabajadores de una fábrica de ropa de Dacca prendieron fuego a la fábrica por las condiciones (2013)

El suma y sigue es continuo. El goteo de tragedias nunca acaba. Y si miras más de cerca, la mayoría de las víctimas siempre tienen rostro de mujer. Sirva como ejemplo, la tragedia del  Rana Plaza de Bangladesh: “Las investigaciones concluyeron que el estado del edificio en el que las mujeres cosían para marcas occidentales era deplorable (…). Los cimientos de sus nueve plantas se sostenían sobre una zona pantanosa y las paredes presentaban grietas que asustaban a las costureras, conscientes de que su vida corría peligro en los telares. Aun así, aquella mañana tuvieron que acudir a trabajar forzosamente, bajo la amenaza de no recibir el salario mensual”. Cinco meses antes del suceso del Rana Plaza, un incendió convirtió en cenizas la fábrica Tazreen y murieron más de cien trabajadores, la mayoría de ellos mujeres también. Posteriormente ha habido otros sucesos de este tipo.

Repaso una y otra vez las imágenes de estos sucesos y la desgracia indefectiblemente tiene rostro y nombre de mujer: Naisha, Alisha, Lakshmi, Priya,… Todas ellas “especiales”, bellas, amadas… y muertas.

Imagen 3

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Imagen 5

Imagen 6

Imagen 7 

¿Cuándo se acabará este goteo de muertes al abrigo de intereses privados o de los mismos Estados?

Y, ¿cuándo en este Primer Mundo, las mujeres conseguiremos que se acabe con la sobre explotación laboral de las mujeres y las niñas en países tan lejanos y a la vez tan cerca?

Aquí y ahora, las mujeres seguimos en nuestra lucha particular en el Día Internacional de los Derechos de la Mujer, aunque después de lo aquí contado nuestra lucha parezca  raquítica y falta de pretensiones. A pesar de ello, seguimos luchando con la seguridad de que estamos afianzando el camino hacia la igualdad para las mujeres del mundo entero y con la esperanza de que las mujeres dejemos de ser para siempre las víctimas aquí y más allá de nuestro Primer Mundo, en el que la mujer trabajadora es una mujer que se levanta cada mañana, prepara la comida del día antes de dar el desayuno a sus hijos y llevarlos al colegio, se monta en el autobús para ir a la fábrica o la oficina y parada tras parada repasa la lista de la compra que hará al salir del trabajo, compra que cargará y subirá a casa, pensando en la lavadora que tiene que poner, los deberes de los niños, la cena que tiene que preparar, las medicinas que tiene que dar, los platos que ha de fregar, el suelo que tiene que barrer, el baño que tiene que limpiar después de bañar a los niños y darles la cena, y las camisas que tendrá que planchar antes de meterse en la cama y apagar la luz. Y de repente, esa mujer abrirá los ojos y se acordará de que nadie ha bajado al perro…  Todos los días son el Día de la Mujer Trabajadora, porque trabajo, lo que es trabajo…  ¡le sobra!

 

 

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